Por Alma Delia Murillo

 

Cuando el poeta Miguel Hernández dice Tus cartas son un vino que me trastorna y son el único alimento para mi corazón señala de forma bellísima y aguda el punto de intersección entre el vino y la literatura: existen para emocionarnos. 

 

Sentarse a leer un buen libro y acompañarlo de una copa de buen vino sería una justa definición de paraíso, paradójicamente un paraíso pecaminoso al que, al menos yo, no me resisto nunca. Podemos anticipar la emoción que causa abrir un libro nuevo o retomar la página donde nos quedamos porque cada libro escrito en solitario hace una comunión perfecta con quien navega sus páginas también en solitario, con toda concentración y en un diálogo silencioso, hay una ineludible carga emocional en ese intercambio. Y quién podrá negar que cuando las emociones se nos atragantan no hay mejor forma de pasarlas y dejar que se asienten en el alma y el cuerpo que con una copa de vino.

 

En la historia de la literatura el vino figura de una y otra forma, de los amores más dulces que el vino derramado en el Cantar de los Cantares cuyo cachondo y bíblico erotismo marida perfecto con una copa bien servida a los designios azarosos que envenenan en la obra de Shakespeare, hasta llegar al bálsamo de Fierabrás que don Alonso Quijano bebe para sanar las palizas que recibe en sus furibundas peleas y aventuras; pero el vino en sí mismo es también una historia, una narración líquida que nos habla de tierras de origen, familias vinicultoras, uvas, añadas y cosechas. No hace falta ser un experto sommelier para emocionarse viendo el color que centellea al caer en la copa, percibiendo los aromas que se desperezan luego de años de sueño, dando ese primer trago que se siente como un empujoncito que nos da la vida para seguir adelante, para arribar a la alegría.

 

Ahí hay literatura, en esos corchos que coleccionamos caben incontables relatos, reuniones, amores, rupturas, duelos y celebraciones. En esas botellas vacías que a veces convertimos en floreros o candeleros improvisados, está la vida misma. Y eso también es narrativa, una narrativa cercana al realismo mágico.

 

Si en esa ficción se rompen las reglas de lo cotidiano y cualquier suceso extraordinario es visto y relatado con naturalidad, el vino bien podría ser uno de sus formatos de expresión. Abriendo una novela de Elena Garro o de Juan Rulfo todo lo irreal resulta perfectamente posible, abriendo una botella de buen vino mexicano sucede lo mismo: hay permiso para contar lo mágico; con orden y concierto, bien puede ser que las piedras y los colores de México hablen, que los días de la semana se conviertan en mujeres voluptuosas o que nuestros fantasmas vengan a acompañarnos durante la cena, que los perros ladren en mensaje cifrado sólo para nosotros y que el tiempo salte cuatro siglos atrás para permitir que dos amantes puedan reencontrarse con las ropas manchadas de color tinto, como el de la botella de vino que pusimos a la mesa.

 

Los vinos de Monte Xanic tienen esa carga emocional que sólo se siente en lo que se hace con amor y dedicación. Se percibe la buena factura, la contundente calidad con que han ganado premios internacionales, sí; pero se siente, sobre todo, una pasión que reverbera y que nos emociona, que nos recuerda que con un poquito de magia, todo es posible.

 

Por Alma Delia Murillo

Este mes de julio Monte Xanic trae la segunda temporada de Letras y Vinos con la escritora Alma Delia Murillo, se trata de cuatro sesiones donde con desenfado y mucha pasión por el vino y la literatura, se maridan cuatro novelas de editorial Alfaguara con diferentes botellas de esta casa vinícola. Las entrevistas se harán todos los jueves del mes a las 7 de la noche, qué mejor para cerrar el día que un buen libro y una buena copa.

 

El jueves 8 de julio comenzamos con “Nahui Olin, La loca perfecta” donde la escritora Valeria Matos narra en primera persona, dando voz a Nahui, sobre su fascinante vida y su pasión incombustible; seductora, irreverente e implacable como el verano, Nahui Olin merece ser maridada con un vino femenino y fresco pero con un cuerpo firme como el Chenin Colombard, cuya larga persistencia empata con la personalidad inolvidable de Nahui.

 

El jueves 15 de julio será turno de “Adiós, Tomasa” del escritor Geney Beltrán. Se trata de una novela amarga y salada, cuenta una historia de los años ochenta, con un contexto complejo del México rural, es una narrativa exigente que deja regusto durante un rato en el paladar después de leerla. Para esta historia el vino Nebbiolo Edición Limitada es perfecto por su brillantez y su aroma de frutas negras matizado con vainilla y canela. 

 

El jueves 22 de julio será turno de “Radicales libres”, de Rosa Beltrán. Una novela familiar tan bien lograda que pareciera que habla de todas nuestras familias. Es una historia agridulce. Tiene momentos divertidos, dulces y frescos pero luego aparecen notas amargas. Aunque lo fresco prevalece. Su maridaje ideal es un Sauvignon Blanc Viña Kristel por su frescura, sus notas cítricas y herbales; y la alta intensidad que lo vuelve digno de recordarse.

 

Y el jueves 29 de julio cerraremos con “El invencible verano de Liliana”, de Cristina Rivera Garza. Una historia brutal por lo dolorosa y reveladora de algo que sucede en México a miles de mujeres, la hermana de la autora fue víctima de feminicidio en 1990, treinta años después, en un acto de valentía y belleza, Cristina Rivera Garza reivindica ese dolor con una maestría narrativa única. El vino que dialoga con esta novela es un Selección, cuya mezcla de uvas dan un vino complejo y de alta intensidad; con aroma de sabores rotundos como el chocolate y los frutos rojos, sin duda la estructura necesaria para conocer esta historia.

 

Las transmisiones se harán a través de las redes sociales de Monte Xanic: Facebook @MonteXanic, Twitter @Monte_Xanic, Ig @monte_xanic

Estén atentos, que el vino y la literatura juntos sólo pueden presagiar grandes momentos.